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El Románico II: Escultura
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(www.geocities.com/romanicojeda/introduccion.htm)

 

ESCULTURA

En el Medievo, las distintas actividades artísticas no se consideraban como expresiones autónomas entre sí. Por el contrario, se deseaba que cada una de ellas contribuyese, en la parte y con los medios que le eran propios, a la realización y decoración de aquella obra que, solamente, se consideraba como fundamental: el edificio, la gran iglesia que la comunidad elevaba al Creador. Es evidente que, dentro de tal concepción, escultura y pintura quedaban severamente subordinadas a las necesidades y preferencias del arte principal, la arquitectura.

Por otra parte, este planteamiento hace que el edificio románico resulte pensado como una fusión entre partes arquitectónicas en sentido estricto, partes esculpidas y partes pintadas. Y que, por tanto, exista en él un amplio espacio para la decoración plástica y pictórica. Sólo constituyen excepción algunos edificios construidos por comunidades monásticas (por ejemplo, los cistercienses) cuya regla veía con malos ojos todo tipo de decoración. Tales edificios están casi totalmente privados de esculturas y pinturas, confiando su carga artística a la arquitectura desnuda.

En el resto de las construcciones, que son la gran mayoría, el esquema adoptado en éste: la escultura está limitada algunas partes, a los "nudos" funcionales o expresivos del monumento: portales de acceso, capiteles, ambones (así se llaman los púlpitos para los predicadores), ménsulas, cornisas y superficie de las puertas. Estas partes, a su vez se conciben, más que como estructuras arquitectónicas decoradas, como obras escultóricas propiamente dichas. Los esquemas con los que se realizan, por no hablar de la concepción de cada una de las esculturas que llenan estos esquemas, son muy variados. Sin embargo, podemos resumir las más comunes de sus características.

( Img: San Bernardo, representado como constructor)

Partamos del elemento más característico, el portal. Puede haber uno solo, a la entrada de la nave principal, o bien un número mayor, para acceder también a las naves menores y al transepto. Su perfil, salvo rarísimas excepciones, es el de un rectángulo sobre el que hay un semicírculo. El espacio rectangular puede estar dividido por una pilastra central ricamente esculpida o bien puede dejarse libre, cerrado por dos batientes. La parte superior comprende siempre un tímpano (o sea, un panel de piedra) esculpido de muy diferentes maneras.

El portal nunca se abre al filo de la pared, es decir con un limpio corte en el muro, sino que suele estar más o menos abocinado: o sea, que manteniendo el mismo perfil, se va restringiendo poco a poco desde su parte externa hacia la interna; esta disminución o derrame -denominado el alféizar- se realiza técnicamente mediante una serie de sucesivas franjas o molduras esculpidas (las arquivoltas). Generalmente, las partes curvas de las arquivoltas se decoran o con motivos geométricos o con figuras humanas y de animales, o alternando estos dos motivos. Las partes inferiores, rectas, casi siempre están ocupadas por columnas.

Característica principal es el tratamiento del tímpano, la parte más significativa e importante desde el punto de vista escultórico. En el centro, campea casi siempre la figura de Cristo en majestad, de proporciones mayores con respecto a las de las otras figuras y encerrada en la típica "mandorla", es decir en la forma almendrada que simboliza el esplendor divino.

Por lo común, la parte inferior de tímpano está ocupada por una o dos franjas horizontales, en las que se desarrollan luchas de animales (representación simbólica del bien y del mal muy utilizada en la época), o procesiones de personajes estilizados o, a veces, motivos geométricos. La estilización y repetición de figuras iguales o parecidas a lo largo de un "friso" horizontal es un carácter muy típico de la escultura de la época: resultado, se llega a pensar, de una determinada elección estética, desde el momento que no es sólo cada uno de los individuos, o sus características físicas, lo que le interesa al escultor románico, sino la explicación de un episodio, de un hecho.

 
Segundo elemento esculpido, después del portal, es el capitel. No existe en época románica, contrariamente a cuanto sucedía en la antigüedad y a cuanto sucederá desde el Renacimiento en adelante, una forma estandarizada para este elemento arquitectónico-decorativo. Existe sin embargo, y se advierte muy bien, una tendencia hacia la realización de capiteles campaniformes (es decir, en forma de campana invertida), pero sobre todo aproximadamente cúbicos, con los ángulos inferiores y laterales redondeados. Y a la utilización de las caras de este cubo como recuadros sobre los cuales esculpir historias tomadas del Evangelio, representaciones de trabajos o de la vida cotidiana, luchas de hombres o monstruos, o figuras claramente alegóricas o inventadas. La técnica de ejecución, como siempre en época románica, varía desde la rusticidad casi bárbara, el brutalismo y el vivaz expresionismo hasta el verismo y el sentido plástico de inspiración romana. La figura puede realizarse en un aproximativo bajorrelieve o casi en bulto redondo. No faltan, a decir verdad, capiteles sin ninguna decoración escultórica, o con decoración exclusivamente geométrica. Muchos de estos capiteles, sobre todo los que van sobre columnitas de los claustros -los pequeños jardines interiores anexos a las iglesias que son típicos del románico-, están también dotados del ábaco (una especie de tronco de pirámide invertido que se interpone entre el capitel propiamente dicho y el arquitrabe, la parte del muro que está sobre el capitel).  
En cuanto a las puertas, no siempre van decoradas. El material adecuado a esta decoración escultórica es el bronce, y la capacidad técnica de trabajar el bronce no está difundida por igual, en la época, en las diferentes zonas. Pero cuando lo están, la decoración se basa siempre en el cuadrado, es decir en los diferentes paneles o cuarterones con historias de tema religioso, encuadrados a su vez por simples marcos adornados con relieves geométricos y a veces con cabezas leoninas en los ángulos. En ocasiones, las historias pueden ser sustituidas por representaciones de personajes o por cabezas de fieras. La composición es siempre muy viva, movida, aun dentro del esquema simple y geométrico a que está obligada.  
Muy a menudo, la escultura desborda las partes que se le han asignado por tradición y llega a ocupar, sobre todo en los países meridionales (Cataluña, Provenza, Italia), toda la fachada de la construcción. Se utiliza, en este caso, ese artificio compositivo que se llama "registro": una franja horizontal, larga y no muy ancha, dividida del resto de la superficie por una moldura, y que sirve para organizar la narración que ofrecen las imágenes. Casi, en resumidas cuentas, una gigantesca "tira" de tebeo. Por otra parte, la función principal de las esculturas románicas no es la de "decorar", sino la de "adoctrinar", contando a un público religiosísimo pero incapaz de leer los episodios de la Biblia y de su misma historia. A tal fin, servía muy bien la forma de registro, y por ello se concebían las escenas de los portales, de los capiteles, de cada una de las partes decoradas del edificio, con su simbolismo y su estructura alegórica.  
Queda por decir algo de la técnica con la que se realizaban las esculturas. En este aspecto, el mundo románico se presenta unido por algunos rasgos fundamentales e inmensamente variado en los detalles, según los lugares, los influjos y las épocas.

Como características generales, podemos anotar la desaparición de cualquier tentativa de representar el ambiente que circunda a los personajes, y de representar a estos según criterios realistas: las deformaciones más o menos marcadas, las transposiciones simbólicas, la mezcla de aspectos reales y aspectos fantásticos son la norma. Las imágenes se colocan unas junto a otras sin correlaciones que tiendan a crear un espacio tridimensional: simplemente, rellenan los huecos entre una columna y otra, o se densifican en las superficies de los tímpanos y de los capiteles en composiciones rítmicas, simbólicas, expresivas pero no realistas. Los métodos utilizados para esculpir estas figuras son de muy variado tipo, desde la simple incisión al bulto redondo, con preponderancia absoluta del bajorrelieve. La realización de las imágenes es a veces tosca y siempre deformada: pero vivaz, y generalmente expresiva en sumo grado. La escultura románica puede estar falta de medida. Nunca de sugestión.


 
Finalmente, un último punto. La escultura de la época no se agota ciertamente en los ejemplos de los monumentos, aunque sean la mayoría. Sin hablar de los numerosísimos productos de orfebrería y de la alta artesanía, desde los frontales de altar hasta los relicarios y los distintos objetos para el culto, vale la pena subrayar cuán típicos son de la época, significativos de la misma, y muy adecuados para el estudio de las tendencias (por tanto, también muy reconocibles), esos particulares crucifijos que en España se llamaban (y llaman) Majestades: crucifijos en los que sobre una cruz a veces simple y otras artísticamente trabajada se superpone una imagen divina rigurosamente esquematizada, sobre todo en las vestiduras, y mucho más hierática (de aquí el nombre) que sufriente. Un producto que, a partir de prototipos quizás italianos, fue muy difundido en el área mediterránea.  

Ver Románico I
Ver Románico III

 

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