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( (www.imcyc.com/revista/2000/agosto2000/insoportablepobreza3.htm
. Doctor arquitecto Salvador Pérez
Arroyo)
Cuando estoy tratando de resolver un problema,
nunca pienso en la belleza. Sólo pienso en cómo
resolverlo. Pero cuando he terminado, si la solución
no es bella, me doy cuenta de que es errónea.
Richard Buckminster Fuller.
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Son muchos los factores que inciden en esta baja calidad,
que es endémica en nuestra historia contemporánea
y que suele ser casi siempre pobremente explicada.
España no es un país exportador de patentes
en el sector, y nuestro futuro, a medida que la construcción
se divide en productos cada vez más manipulados,
con mayor valor agregado, es decir, con nueva repercusión
en el sistema de transportes, es el de convertimos en
un país receptor de esas patentes.
En los últimos tiempos se ha producido un desplazamiento
en el valor de lo construido, de modo que la estructura
y todo lo que se llamaba «obra gruesa» es
menos representativa o responsable del valor o, si queremos,
del ahorro en una construcción determinada.
Desde aquellos tiempos de posguerra en los que engañar
en las dosificaciones o en las cuantías podía
significar algo, hasta nuestros días, en los
que la cocina y los baños pueden ser los productos
más caros del construido, han cambiado muchas
cosas. La tabiquería, los cerramientos, las instalaciones,
es decir, los elementos de la piel, son más costosos
que el esqueleto.
Pero volvamos a nuestro tema; me preocupa la calidad.
Si el futuro de la construcción es el de un mecano
abierto y ésta se nutre de importaciones, cabe
esperar que la calidad vendrá marcada por estos
productos homologados en Europa.
El consumo y la competencia influirán entonces
en las pautas de un sector rígido y esclerótico.
¿Sería bueno desear lo que antes se llamaba
colonización tecnológica, una nueva romanización
desde el centro de Europa o de los países anglosajones?
No es un descubrimiento que nuestra integración
en los mercados exteriores, la apertura de todo el sector
incluida la eliminación del absurdo proteccionismo
de los colegios profesionales, es positiva.
Sigo preguntándome por qué no han aparecido
en nuestro país las empresas de construcción
extranjeras, las grandes o las pequeñas. ¿No
entienden nuestros sistemas de bajas en concursos?,
¿o de proyectos reformados?, ¿o quizás
el descaro con el que se pide frecuentemente desde la
administración que los duros cuesten cuatro pesetas?
Entendiendo ellos, los administradores, que es un éxito
«político» llevar hasta las cuerdas
a una empresa, pensando, en un extraño guiño,
que los administrados pueden agradecerlo. Forzando,
por otra parte, a estas empresas –de las que viven
tantas familias– a perder dinero, quizás
porque los de «arriba» ganan.
Del franquismo han heredado todos los políticos,
incluidos los de derecha, un odio ancestral a la gran
empresa. España es un país en el que la
administración –y el funcionariado dentro
de ella– cumple sociológicamente un papel
particular y más aún pensando en la importancia
que la obra pública ha adquirido tradicionalmente
como motor de la economía.
Pero la culpa no la tienen sólo los funcionarios
o los políticos, aunque cabe a estos últimos
parte de la responsabilidad de corregir nuestros males.
Las empresas, es decir, la parte de sociedad civil comprometida
en el sector, ha desarrollado una visión muy
oportunista de su papel en el proceso.
Sin duda, también pesa el enorme valor que el
precio del suelo representa en la construcción
del sector privado. Pero allí donde no hay valor
de repercusión de suelo, yo echo de menos, de
nuevo, empresas creadoras, capaces de invertir en soluciones
y productos, es decir, de pensar en consolidar una línea
firme, arriesgando hoy para los beneficios futuros.
La pregunta inmediata es si los sistemas de adjudicación
públicos o privados son capaces de distinguir
y valorar los esfuerzos técnicos realizados.
La respuesta es no, salvo muy contadas excepciones.
Hemos pasado de la adjudicación a dedo a una
gigantesca corrupción enmascarada de cientos
de concursos y licitaciones en los que las empresas
se encuentran como náufragos en temporales, intentando,
por todos los medios, pescar su propio salvavidas.
También pienso que para ganar hay que arriesgar
y contar con la «incomprensión» de
la administración como un punto más de
partida.
Todo lo que no sea potenciar la invención es
una rendición a corto o largo plazo.
La España de los años cincuenta y sesenta,
aunque por otros motivos, está llena de historias
de inventores, de gentes que pretendían suplir
las carencias que nos provocaba nuestro aislamiento
internacional. Ingenieros y arquitectos tenían
a gala, en cada obra o desde los centros de investigación,
el enseñar sus «inventos», sus soluciones
y sistemas constructivos.
Bien es cierto que el aislamiento político y
nuestra debilidad económica nos hacía
ir a remolque de las tendencias europeas y que el gran
crecimiento de los años sesenta no fue dirigido
desde arriba correctamente para organizar el sector,
muy al contrario, se «entregó» a
las empresas.
Hoy lo pagamos. Nuestro sector de la construcción
está «fofo» y descalcificado.
La empresa también ha cambiado mucho desde aquéllas,
de carácter familiar, con operarios que envejecían
cumpliendo su papel con una enorme fidelidad, hasta
la actual visión financiera y anónima
administradora de subcontratas.
Todas estas características, aún apuntadas
en desorden, no sirven tampoco para justificar la baja
calidad de lo construido.
Cuando se viaja por Francia, como yo hago ahora mientras
escribo este artículo, se comprende que la tradición
culinaria no se improvisa; son necesarios años,
siglos, en los que el nivel se perfecciona y los márgenes
de tolerancia se hacen claros y estrictos.
España ha construido tradicionalmente mal y
pobremente. No pienso remontarme a la historia más
antigua, pero es evidente que nuestro país ha
asumido las técnicas góticas, renacen-tistas,
barrocas, ofreciendo, salvo contadas excepciones, una
visión más pobre y reducida de la equivalente
en otros países. Nunca hemos tenido un Brunelleschi,
sin olvidar que disponemos de Vandelvira y Herrera.
El París del XVIII, con su lujosa estereotomía,
o la gran Roma Barroca, con su riqueza formal, están
ahí presentes en nuestra memoria, aunque a nosotros
nos interese sólo en estas notas lo construido
recientemente para poder obtener alguna conclusión.
Lo cierto es que la calidad no se improvisa y que es
la costumbre la que hace intolerables en otros países
determinados acabados que para nosotros pueden ser de
consumo común.
Son, por lo tanto, muchos los factores necesarios para
que un buen nivel se imponga en la construcción:
las exigencias del usuario o la propia dignidad del
resto de los participantes.
Con frecuencia se alude al precio, a la necesidad de
entrar en los límites de solvencia de la demanda
o de lo establecido desde la administración,
que cumple un papel orientador en el sector y que habría
que analizar más a fondo.
En la construcción de promoción privada
seguimos aceptando que los beneficios, el precio del
suelo, sean los fundamentales en el proceso. Y, desde
esta referencia, se han fijado los patrones de calidad
de la construcción.
Sabemos claramente que en este sector y en muchos otros
se incumple sistemáticamente la normativa. Ningún
cerramiento exterior, por ejemplo, puede garantizar
una amortiguación acústica mínima.
Lo impide la baja calidad de la ejecución y la
existencia generalizada de persianas contenidas en horribles
cajas que rompen cualquier intento de aproximación
a lo establecido.
Si se exigiera una aplicación estricta de la
normativa, muchas cosas cambiarían. No se podría
construir con ese tipo de persianas, sería necesario
pensar en carpinterías adecuadas y, por supuesto,
también habría que poner en cuestión
los muros de ladrillo de medio pie en el que se ejecutan
estos huecos mal apoyados y peor adaptados a los encuentros
y detalles necesarios para conseguir una mínima
calidad.
El desasestimiento en que se encuentran el técnico,
el usuario y el constructor, es enorme.
Si algunas conclusiones se pueden sacar de estas ideas,
una es la necesidad de potenciar centros como el I.E.T.c.c.,
estableciendo unos controles singulares sobre lo construido,
intentando sacar conclusiones válidas y disponiendo
del poder para aplicarlas con gran rapidez.
Sigue pareciéndome grotesca la existencia de
una norma de ladrillo que no dedica ningún dibujo
a los muros que realmente se construyen y en cambio
sí lo dedica, con profusión, a un tipo
de fábricas inalcanzables en el pobre nivel que
generalmente se acepta.
En los últimos tiempos estamos asistiendo a
una tendencia antinatural, la de armar fábricas
de ladrillo para impedir defectos que se deben sólo
a su pobre utilización.
El ladrillo es un material muy noble que sólo
debe ser empleado con los espesores y los medios que
las viejas tradiciones marcaban.
El mismo concepto de medio pie de ladrillo entre estructuras
cada vez más perfectas y elásticas es
una aberración que debería prohibirse.
La realidad es que hoy los gabinetes de control están
emitiendo informes, que con sólo ver las grietas
o las fisuras existentes bastaría para explicar
lo más obvio como es la tolerancia normativa
y administrativa que consiente la utilización
de técnicas de construcción tan pobres
y caducas, tan en el límite, destruyendo la tradición
constructora secular del ladrillo, un material que probablemente
no puede ser utilizado en construcciones económicas
sin el riesgo de encontrarse, en poco tiempo, con patologías
de todo tipo. El apoyo de estas débiles hojas
sobre angulares metálicos es necesario, pero
absurdo; su armado, aún peor. Se desconocen también
los efectos de estos medios pies de cerámica
con proyección de aislamiento en el intradós
y que son, sin capacidad de disipación de temperatura
hacia el interior, auténticos colectores solares
que alcanzan enormes temperaturas y que contribuyen
a todos los efectos enunciados.
Si me he detenido en este problema particular es porque
me parece un ejemplo muy significativo de la situación
general a la que vengo aludiendo. ¿Serán
los seguros (misterioso tema) los que contribuyan a
poner las cosas en su sitio? ¿Los profesionales?
Desde luego, no los colegios, particularmente los de
arquitectos, que se preocupan más por sus cotas
de poder. ¿Los constructores, por escapar del
incendio?
El Estado vive en aparente ignorancia, hablando de
bajar el precio de los servicios, que relaciona con
la inflación, olvidando que el mayor factor inflacionario
es el suelo y que el desarrollo de unos servicios técnicos,
el fortalecimiento del sector de investigación
dedicado a la construcción es una fuente de ingresos
y significa una importante reducción de importaciones,
buscadas por su calidad a través del consumidor.
La riqueza de los países europeos más
desarrollados es su búsqueda de ideas, su investigación
como un punto de partida irrenunciable. Italia ha sido
tradicionalmente un país rico en patentes. Cuando
juzgamos a
nuestros vecinos, ignoramos su capacidad exportadora
y su inventiva.
En oposición a todas las teorías económicas,
y mantenidas en nuestro país, yo sostengo que
el grado de desarrollo del sector se debe medir por
la inversión en ideas, técnicas y control
en relación con el precio directo de producción
(o como se le quiera llamar en el metalenguaje económico),
del objeto producido.
Lo que cuesta de un ordenador es su inversión
en diseño inicial, en su comercialización.
Es más importante el marco que el cuadro y así
parece que debe ser en las construcciones en el futuro.
Mi experiencia en el extranjero es que la suma del
costo de todos los técnicos implicados en el
proceso de una construcción puede alcanzar más
de 10 por ciento del total, a veces 15 por ciento, cifra
inalcanzable en España, en donde permanece la
tradición del mayor peso relativo de la mano
de obra. Nada más ajeno a la realidad que esta
visión de la construcción, olvidando,
como decía al principio, el traslado del valor
a otros capítulos y la pérdida de importancia
de los aspectos estructurales.
Construimos mal por muchas causas, algunas ya apuntadas,
mala tradición, ausencia de control, visión
anticuada de los procesos industriales, poca o ninguna
fe en la industrialización de la construcción
y guerras intemas entre todos los implicados en el proceso.
Existe un pequeño pueblo en la Normandía
francesa que se llama Bécherel; era un pueblo
abandonado hasta 1989 cuando unas personas decidieron
ocuparlo y colocar en él librerías. Hay
13 o 14 de ellas, con libros nuevos y viejos. Uno de
los libreros me explicaba que todos se llevaban bien,
el éxito de su vecino era el suyo, todos daban
fama al pueblo, triunfar sobre los demás sería
la desaparición del conjunto.
Recuerdo, hace tiempo cuando empezaba mi profesión,
que asistí en el Instituto Torroja a unas reuniones
en las que se intentaba poner de acuerdo y lanzar una
asociación de empresas dedicadas a la industrialización
de la construcción. Todas se veían como
enemigas, ninguna entendía la necesidad de hacer
avanzar aquella asociación entre todos y guardaban
entre ellas estúpidas patentes y secretos industriales
que hoy, vistas en la distancia, parecen más
dramáticos.
Nuestra pobre construcción es resultado de toda
esta desorganización organizada
La obra pública o la edificación industrial
sufren similares problemas. Salvo excepciones, se fabrican
toneladas y toneladas de concreto en obras de baja calidad
y aspecto. Hablar de resultado funcional es absurdo,
no es así en ningún país desarrollado
europeo. Superados los aspectos estructurales, que en
90 por ciento de los casos los resuelve un niño,
véase el brillante artículo de Manterola
en la revista Informes de la construcción No
456-457, en el monográfico de edificios en altura,
lo importante de estas obras empieza a ser el impacto
en la ciudad o en el paisaje.
España, por encima de su patrimonio histórico,
posee un patrimonio paisajístico difícil
de igualar.
Las migraciones internas de los años del desarrollo
despoblaron el campo y hoy, que habría la posibilidad
y el deseo de volver con la segunda vivienda al campo,
afortunadamente las leyes urbanísticas establecen
un control dificil, en general, de saltar.
Los espantosos polígonos industriales o los
pasos subterráneos de las ciudades deben ser
controlados en su diseño e impacto, por encima
de la solución funcional adoptada para la que
siempre existen tantos caminos. Con frecuencia la opinión
pública perdona a la ingeniería, lo que
no hace con la arquitectura. Hoy, cuando estos límites
son más difusos, es preciso exigir igual calidad
a todos los sectores. Qué decir de la horrenda
influencia de Calatrava y de los inventos ya inventados
de su obra que ahora se copian como cromos.
¿Cuál puede ser el futuro? Tenemos dos
soluciones; esperar pacientemente una colonización
de los países más civilizados o establecer
un plan y una serie de reuniones, congresos, etc., que
permitan dar las directrices de un futuro más
organizado del sector.
Los controles de calidad, el seguro obligatorio único,
la potenciación de institutos u organismos asesores
e investigadores, la publicación de manuales
y recomendaciones de mejor calidad, el estudio de un
sistema de difusión y comunicación interno
potente y otras muchas ideas similares deberían
ser estudiadas y analizadas seriamente.
Pero nada de esto valdría si no se acompaña
de unos estudios que sirvan para centrar los objetivos
y las repercusiones económicas de un sector tan
importante en nuestro país y tan entregado al
beneficio inmediato, egoísta y desorganizado.
Quizás al I.E.T.c.c. le corresponda dirigir
unas reuniones y recursos del Estado con este objetivo,
retomando un papel de liderazgo hoy perdido.
Pero no sólo esto es necesario, también
la prospección continua del futuro de la construcción.
No olvidemos que construir es ensamblar
y que en el futuro así será el modo de
proyectar gran parte de la obra. Es necesario, por lo
tanto, pensar en el futuro y en estos mecanos que serán
las construcciones. Coordinar estudios de compatibilidad
y nuevos materiales y ver las posibilidades que los
futuros usuarios puedan tener en su mano, adelantándose
en el tiempo.
Es necesario estudiar las posibles alternativas al
actual sistema de construir y promover y trasladar a
la administración estas fórmulas que deben,
por lo tanto, cambiar los sistemas de adjudicación
y contratación. Es en esta rigidez donde es posible
encontrar muchos de los males que hoy sufrimos.
Toda normativa debe ser un acicate hacia la evolución
y debe reflejar la realidad socioeconómica de
la sociedad hacia la que se construye.
Una de las características más importantes
de la construcción futura será, sin duda,
la ampliación de los márgenes de deformación
y tolerancias entre materiales, como ocurre con la industria
convencional. Hoy pagamos una pesada tradición,
la de la construcción tradicional masiva, que
debe ser compatible con estructuras elásticas
y materiales modernos, construcciones convertidas en
algo ligero, elástico y a la vez cristalino.
El resultado está en la calle y es lo que las
hace insoportables.
Debemos trabajar e investigar, buscando aplicar las
tecnologías que ya existen –pero que no
se emplean– en el sector de la construcción.
Los estudios de transferencia tecnológica son
fundamentales para acortar el tiempo desde la invención
a su aplicación.
R.B. Fuller siempre hacía referencia a este
desfase. Los inventos sobre materiales y técnicas
suelen tardar más de 50 años en recorrer
la distancia hasta llegar a este pesado y esclerótico
mundo de las construcciones.
Sin embargo, el futuro de la construcción está
ligado a una más rápida transferencia
de los conocimientos de un sector a otro y al abandono
de las actuales fórmulas de construcción.
Del mismo modo que se ha producido un desplazamiento
del valor desde la obra pesada a la ligera de acabados
y envolventes, debemos pensar que el futuro nos puede
traer un sistema híbrido de construcción
tradicional e industrial de gran nivel que hará
innecesaria la participación de empresas o mano
de obra en los procesos de acabados. Podría y
debería ser normal el reciclaje de elementos
de fachada o de compartimentación. Lo mismo que
de equipos o instalaciones.
La división de la obra permitiría, de
este modo, fragmentar un sector que es demasiado amplio.
Los controles de calidad y las responsabilidades se
adjudicarían a cada fabricante y el proyecto
se enfocaría hacia la máxima compatibilidad
de elementos. Es cierto que para estos cambios no está
preparada ni la administración ni las normativas.
El gran reto estaría entonces en intentar definir
un perfil realista del futuro próximo y más
lejano que permita coordinar políticas más
generales. Parece absurdo no abordar estos estudios
cuando los planes y los estudios macroeconómicos
son clave en la política de las sociedades occidentales.
Seguir utilizando la construcción como un sector
muelle contra el paro es un sistema para contribuir
a elevar la inflación, alimentando un proceso
especulativo y un sistema para crear masas de mano de
obra dependientes de los vaivenes de las circunstancias
políticas y económicas.
Pero no hay que preocuparse, si no lo hacemos nosotros,
lo inventarán ellos.
Este artículo se publicó en Informes
de la Construcción y se reproduce con la autorización
del Instituto Eduardo Torroja.
Instituto Mexicano del Cemento y del Concreto, A.C.
Revista Construcción y Tecnología
Agosto 2000
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